jueves, 11 de diciembre de 2014




La semana pasada iba caminando por en frente de La Moneda, disponía atravesar Teatinos, hacia la costa. Llevaba el bloqueador en la mano y como el semáforo cambió a rojo aproveché de embetunarme los brazos, el cuello, estaba en esa, hasta que me habla uno de los dos pacos que estaban esperando el verde al igual que yo: eso, échese la cremita en todo el cuerpecito, que hace tanto calor. Me lo dijo casi al oído, calladito, todo caliente seguramente, con voz de flaite, con voz de paco culiao, le faltó decirme washeeta y la situación me superaría más de lo que ya. Me miraba por entre sus lentes flaites y me sonreía con lo que se me imagina que para él era una sonrisa de ganador, lo miré con todo mi odio hasta quemarlo, lo peor es que me quedé piola, con el encaro en la boca, porque es paco, si le doy jugo a un paco mi día cambiaría quizá para siempre, le temo a los pacos, mucho, son muy turbios, matan a la gente, mienten más que nadie, quise pegarle, escupirle, contestarle. Fue el rojo más eterno y humillante que pude haber vivido, hasta que atravesé finalmente, con la mierda hirviendo, paco culiao paco culiao paco culiao, por cada paso paco culiao hasta que se adelantaron y me apoyé en la baranda del metro, guardé el bloqueador, saqué mi botellita con agua, bebí dos sorbos, la volví a guardar, caminé hasta encontrarme con las escaleras del frontis de la torre Entel, me senté, volví a abrir mi bolso, saqué mi libro, leí: y después sortearé los tres autos de los tiras que están estacionados justo en mi esquina. Los dejaré atrás mediante un paso humilde, neutro. Más allá, lo sé, se parapetan otros y otros policías respondiendo al salario que obtienen a costa de nosotros. Comen, duermen y se ríen como imbéciles. Tienen la obligación de matarnos casualmente.

Eltit precisa, fue como leer un pan de vida en plena fe.




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